palabras
Y con el incio de esta frase aparece un pequeño recoveco entre los frondosos árboles que cercan un arroyo. Junto a este, una niña sentada en una roca y la silueta de un misterioso anciano que se acerca.
La niña rie y balancela las piernas que le cuelgan de la roca. El anciano, sorprendido por la presencia de la niña, se quita las gafas y con la ayuda de un pañuelo se limpia las lágrimas.
-¿Por qué llorabas? (Pregunta la niña sin mirar al anciano)
-Por nada... (Contesta el anciano dubitativo)
-Por nada no se llora.
La niña gira la vista, mira al anciano y éste baja la mirada
-Y a ti, ¿qué te hace tan feliz?
-Soy feliz. Y tú deberías serlo también.
-Supongo que sí...
-Y ¿por qué pierdes el tiempo lamentándote? No tienes nada que hacer.
-¿Qué quieres decir? (Pregunta el anciano confundido)
-Pues que tu futuro se va aconteciendo a cada palabra que se escribe. Y no eres tú quien lo decíde. Así que no pienses.
Si sientes, si sufres, si amas, si mueres. Otros lo deciden por ti.
Solo eres palabras. No existes.
El viejo se negaba a creer lo que la niña le decía. ¿Toda su vida había sido entonces una mentira?
Pero... ¿qué vida?
Intentó recordar más allá de su encuentro con la niña. Pero no lo logró.
Y comprendió entonces que la niña llevaba razón.
Decidió disfrutar del paraje en el que se encontraba y que se había creado para él.
Respiró hondo, miro a la niña, le devolvió la sonrisa y con este punto y final, se desvanecieron.